«No apto para kintsugi». Marisol Vera Guerra


Por, Ophir Alviárez (Houston, 3 de enero de 2024)



Cuando gruñen las lobas, las panteras, las chacalas

La memoria, esa gaveta en donde ya no hay compartimentos estancos, es la herida que abre Marisol Vera Guerra, o como nombra las cinco partes del libro, cicatrices que no pueden, que no deben ser zurcidas. Hay jirones de piel en No apto para kintsugi, la evidencia del puño mitigado por las sombras, el morado que se ve y también el que se solapa. Me adentro en los abismos, desciendo a conciencia.

El alarido hace eco y el silencio no es tal porque las lenguas paladean las secuelas de aquello que se exhibe, no hay manera de borrarlo; no hay elemento capaz de encubrirlo y se hace necesario más que un lingote para pulverizar lo que no se cura ni con la alquimia de los dioses; entonces la poesía como el eje de ese territorio anímico sirve de áncora a las vicisitudes de la existencia y se revela. Ahí la fuerza de la obra, así el terror. 

Tradicionalmente, las heridas se han clasificado según el tiempo que tardan en sanar y la extensión de la lesión. Las habrá agudas, crónicas y como estas que nos convocan, no aptas para remiendos, al menos no de aquellos que exalten las fisuras o las recuerden. Pero sabemos que están, que el proceso de epitelización típico de la biología se inicia horas más tarde de la injuria y es imposible no detenerse en la metáfora y evitar la mueca.

La lectura abre las puertas al predador con cara familiar, nos dice del misterio, de los embates que tienen una casa, golpes, psicópatas, padres, madres, hijas, muchas hijas y un minuto que puede contener todos los milagros e —infinidad de veces—, también es un precipicio. La voz se pregunta cómo preservar el asombro, para qué; el epígrafe de Ojeda es el primer dardo.

Las páginas se despliegan para llevarnos no de la mano sino a empujones desde las imágenes que vamos aprehendiendo a través de las variadísimas impresiones de quien no teme decir: Me asusta la gente demasiado buena/ la que nunca ha pisado una rayita de la calle/con sus zancadas simétricas y exactas (…) la que mira al mundo desde su pedestal de ladrillos/ (…) mientras yo/ abro las piernas y alumbro fantasmas.

Marisol Vera Guerra

El uso certero de los adjetivos, a pesar de que salpican los versos, no resta nitidez a las figuras literarias, sino que permite develar los colmillos tanto de víctima como de victimario. La versatilidad de los títulos, en su mayoría largos, nos alerta y el lenguaje hiere con el mismo brío con el que fue escogida cada palabra.

La poesía es osada. Propicia un sendero a la luz, pero también a la oscuridad e involucra al lector muy a pesar de su personalísimo deseo de dejar testimonio, o tal vez como resultado de ello, de su necesidad de ahondar en el significado del yo que es también un tú, un ella, un él y —por qué no— un nosotros.

La violencia no está vedada, Vera Guerra construye un corpus desde los ojos de una mujer que persiste y lo hace con una voz que es por encima de todo persona; máscara que interpela la rabia, que grita, que recuerda y se forja memoria que no por colectiva —como se atreverían a señalar algunos—es menos dolorosa. La memoria, esa región ignota, ese reino que nos habita aun no queriéndolo, se torna proezas: los troncos en serena (a)simetría/ ascienden/ a la bóveda del ojo: en la córnea fatigada/ se guarecen las historias/de las que nadie habla/ porque nadie/ nadie/ alza/ la corteza del asfalto/ y besa/ la raíz del sueño…

El lector habrá de adentrarse en las escenas sin perderlas de vista y tendrá de aceptar aquello que se oculta en los comandos sociales que devienen en prácticas solapadas por comunes y muy pero muy crueles. Como la hablante, se hará preguntas. Al ojo —acorralado— le tocará hallar las respuestas. Cuándo está a salvo una niña, cuándo lo está una mujer, si acaso fuera eso posible. Pronto la culpa, otra protagonista nada tímida de estas tierras irrumpe y el what if se torna excusa y tal vez la justificación que nadie está pidiendo, pero es necesario dar porque así lo enseña el mandato social y todos —queriéndolo o no— repetimos aquel estribillo tonto que dicta que calladita te ves más bonita, aunque aquí nadie se calle y he ahí el prodigio.

Lucha la voz, lo hace a conciencia. Admite que el mal abunda, pero no hay desahucio ni declive. Hay —por el contrario— savia, mucha savia. Se reconoce poderosa, tiene el don de decir, lleva en sus entrañas la fuerza y la conjura con lo que sabe hacer, con la herramienta que la salva, la acobija y la vuelve aún más humana: el diablo tuiteó junto a mi cama/ pero yo, mujer de palabras, simples palabras, no hice con él ningún pacto…

Lucha la voz, lo hace a conciencia. Admite que el mal abunda, pero no hay desahucio ni declive. Hay —por el contrario— savia, mucha savia. Se reconoce poderosa, tiene el don de decir, lleva en sus entrañas la fuerza y la conjura con lo que sabe hacer, con la herramienta que la salva, la acobija y la vuelve aún más humana: el diablo tuiteó junto a mi cama/ pero yo, mujer de palabras, simples palabras, no hice con él ningún pacto…

No hay fingimiento en las cicatrices con las que se presentan los hechos. La infancia es nombrada como lo que es, el cúmulo de acciones que determinan el futuro: aquí las niñas cantan la misma canción/ que cantaron sus madres/ cuando el hierro les sellaba la boca. La idealización de ser impúber se despeja y la mujer que surge como consecuencia, se regodea en humores a sabiendas de que —por fortuna— sigue viva, muy viva: tal vez por eso/ retorno en sueños a comer peces vivos/ y a hundir el filo de una concha marina/ en la carne de los pescadores.

Vera Guerra es precisa en sus asociaciones, se afinca en el valor de que lo que ya sucedió sólo sirve para ser plasmado en el papel. No es plañidera sino decidida. El pasado, aunque teje suturas, ya no habita el presente. El intento por dejarlo atrás es constante y ella lo consigue con la destreza que le otorga el lenguaje. Las imágenes —insisto— son firmes y aunque el daño parezca ajeno, el ojo que lee alcanza a padecerlo en la desnudez que se exhibe sin pudor: No se trata de ese tipo de rupturas/ que pueden embellecerse con oro/ sino algo más parecido/ a cuando te pulverizan un fémur/ bajo la fuerza de un jeep…

No es necesario ser mujer para identificarse con los versos de No apto para kintzugi. Libro que rasga anuencias, que se agradece e impele a detenerse en la minucia que no es tal. Hay a lo largo de las páginas una honestidad inagotable con la que el lector va a asentir porque por lo general, es muy difícil salir indemne de las ruinas. Para ver mis cicatrices hay que pagar, escribió Sylva Plath, presencia impetuosa mientras esbozo estos párrafos. Yo añadiría que el precio a pagar es en extremo alto, de eso no hay dudas.

Hablar desde los traumas del yo —sean cuales sean— no es sencillo. Hacerlo poéticamente y salir bien librada es el logro de la autora porque, a fin de cuentas, ¿no es cada ser humano/ una estrella en colisión?

Libro: No apto para kintsugi

Editorial: Bitácora de vuelos ediciones

Año de publicación: 2024

Autora: Marisol Vera Guerra

COMPRAR No apto para kintsugi

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