Esta mañana, después de meses esquivando timbres y notificaciones, Norma decidió recibir y firmar los papeles que jamás pensó tener entre las manos.
Encendió un cigarro. Tomó el encendedor del bolso que había dejado tirado al volver del supermercado. Fue a la sala y se dejó caer en el sillón viejo. El sobre amarillo descansaba sobre sus piernas como un animal dormido. No tenía prisa. No quería buscar una pluma bonita. No quería convertir la firma en ceremonia. Pero sabía que ese trazo —esa tinta— lo iba a recordar toda la vida.
Miró el techo. No se había fijado antes: partes del yeso estaban a punto de caer. Como ellos. Como todo.
¿Cómo se le había incrustado esa idea terca de que el matrimonio era irrompible? ¿Una promesa a prueba del tiempo, del desgaste, del cuerpo envejecido? ¿Cuándo aceptó que amar era aguantar?
Las gotas del lavadero marcaban el ritmo del silencio. Martín nunca arregló esa fuga. Como tantas otras. Como todas esas cosas que se cuartean sin hacer ruido.
Norma sostuvo el sobre sin abrirlo. Quería tatuarse ese instante. Sentir cada pensamiento antes de estampar el «sí, me quiero divorciar».
Miró la sala como si no fuera suya. Las fotos en la pared. Una de las más pequeñas la mostró niña, entre tres hermanos. Detrás, los árboles de eucalipto: los recordaba con un ardor que no supo nombrar.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que tocó la corteza de un eucalipto, desde que olió su savia?
Volvió al pasado como quien se hunde en la arena. La huerta de su infancia era un milagro escondido en la colonia. Siempre húmeda, con veredas que llevaban a un pozo cercado por arriates de cantera rosa. Su abuelo Pedro trajo esas piedras del cerro del Aguaje. Nadie se lo pidió. Nadie lo agradeció.
Los niños entraban y salían de la huerta como pájaros. Solo don Plácido, cuando andaba borracho, los corría. Él limpiaba el pozo cuando el alcohol lo dejaba. Norma lo detestaba en secreto. Él era el invierno; su abuelo Pedro, la primavera.
Don Plácido decía que los eucaliptos traían mala suerte a las niñas, que si los tocaban, si los trepaban, de grandes nadie las querría. Que acabarían solas. Que en las noches las brujas se restregaban desnudas contra su madera, por eso estaban pelones. Él mismo los mojaba con cubetas de agua para asustar. Nadie se atrevía a desafiarlos. Ni durante el día. Menos de noche.
Norma recordaba con ternura las vainas del eucalipto. Esos conitos que usaba para hacer collares. Primero los limpiaba. Luego los ensartaba con hilo de cáñamo. Si uno se rompía, volvía a empezar. Era un ritual. Una resistencia.
Una tarde, en su prisa por recoger los collares, rozó el tronco. El miedo la inmovilizó. Pensó en la maldición. Pero algo se rebeló. Tocó la corteza húmeda con la palma. Sintió un olor amargo, embriagante. Quiso treparlo, pero no pudo. Solo apoyó su frente contra él. Y se quedó así, temblando. Abrazada a una condena que no entendía.
Esa noche jugó con su madre. Colgaban collares de los clavos, hacían filas de conitos en las manos y los acercaban a la vela. Ella decía que eran como una pareja, indivisibles.
«Si el príncipe se va —decía—, la princesa se muere de tristeza. Nadie más la va a querer».
Norma creció creyendo eso: que las mujeres valían por lo que soportaban. Que el amor era resistencia. Que el dolor era fe.
Pero ahora, ahí sentada, con el sobre entre las piernas y la pluma en la mano, lo veía todo con claridad.
Recordó aquellas noches, tantas, en las que lloraba en silencio y el esposo, a su lado, no se movía. No la tocaba. Ni una caricia. «Ni un ¿qué tienes?». La escuchaba llorar y no hacía nada. Era como dormir junto a una puerta cerrada.
Ya no le hacía el amor. No lo intentaba. Ni siquiera en los primeros años. El divorcio había sido inminente desde la noche de bodas, pero de donde ella venía, las mujeres no se divorciaban. No por amor. Por miedo. Por costumbre. Por el qué dirán.
Y ahí estaba ahora, sentada en un sillón viejo preguntándose con rabia: ¿Dónde está esa gente? ¿Dónde se reúnen para señalarla, para criticarla, para decirle que fracasó? ¿En las juntas escolares? ¿En las banquetas al salir de la escuela? ¿En los pasillos del mercado? ¿Dónde? ¿Dónde está esa gente que tanto miedo le dio durante tantos años?
La maternidad le cayó encima como una neblina espesa. Y ahora, viendo la vida desde la claridad tardía, entendía que no ser madre también es una elección. Que incluso puede ser sano. Que a veces es lo más amoroso que se puede hacer consigo misma.
¿Cuántas mujeres allá afuera, fuera de ese sillón, se lamentan de estar atrapadas en las rutinas infinitas de la crianza? ¿Cuántas odian en secreto las juntas escolares, asistir a los cumpleaños infantiles, el sopor de las noches en vela esperando a los hijos adolescentes? ¿Cuántas aguantan, sin saber para quién?
Ahora, con la pluma entre sus manos, sonrió. ¿Por qué había soportado tanto? ¿A nombre de quién? ¿A honra de qué promesas antiguas y ajenas?
Tal vez por otras comodidades. Por otras jaulas. Qué error más grande. Y qué liberación, saberlo al fin.
Volvió al presente. El celular vibraba. Su amiga, su abogada. No contestó. Solo escuchó el tic-tac invisible de la casa vacía. Abrió el sobre. Leyó sin detenerse. Tomó una pluma azul cualquiera. Firmó.
Sintió un escalofrío. No de miedo. De regreso. Como si algo dentro de ella hubiera vuelto. Se puso de pie. Abrió la puerta trasera. Caminó al jardín. Tocó un laurel. Las rosas estaban a punto de reventar. Una abeja dormía sobre una hoja.
Entonces recordó aquel día. Cuando se atrevió a tocar el eucalipto. Aquel primer gesto de desobediencia. La pantalla del celular se encendió: martes 10:44 a.m.
Ella sonrió y pensó: ¿Qué importa el día?
Las maldiciones son herencias que una puede dejar de repetir. Y los árboles, si una los toca sin miedo, ya no asustan.
A los eucaliptos no se trepa de noche. Tomado del libro El sonido del agua en las calles vacías.

