Carta a Cipriano Morales

Mención honorífica del III Concurso de Cuento de Voz del Narrador

Atranqué bien la puerta, así como tú siempre querías: le puse el garrote y el gancho de fierro que le mandaste a hacer con don Filgorio, el fierrero. Ese fregado seguro, yo no sé qué mañas tenía, que hasta cuando el aire le daba y lo meniaba tantito, tú bien que sabías si había sido el aire o tal vez otra cosa lo que lo había meniado. Y yo, que por quererlo dejar igualito a como tú lo dejaste, hasta me pasé atrás los dedos y ahí, si te fijas, te vas a dar cuenta del pedazo de cuero y la uña con sangre que quedaron pegados.

«Hazle la forma de gusano acostado, así, con un pico filoso que sirva de gancho y un agujero chato pa’ ponerle resorte». Así mero fue como me dijiste que le dijiste a Filgorio que te hiciera ese gancho. Y yo que pensaba que tal vez era porque te harías de unos cuantos becerros para después de pasar la fiesta… «No es pa’ ningún cerco», dijiste, sin ni siquiera que yo preguntara. Esos ojos profundos y prietos que te centelleaban cada vez que los miraba, hasta parecían poder leerme la mente.

Ese gancho con punta de pico nomás era para que yo no pudiera salirme. «Diez mil pesos de a pronto, los veinte cartones de cerveza Piquito y el terreno cerca del prado». Ese fue el trato que hicieron ustedes. «Pa’ antes del jueves nos traes lo primero, y entrayéndolo pronto, la chamaca se arregla». Todavía me acuerdo que eso fue lo que te dijo mi tata Petronio. A mí ni siquiera me pidieron permiso; ni siquiera me preguntaron si yo estaba contenta; si por lo menos con verte a la primera divisa, a lo mejor y algo hacía que se me alegraran los ojos, y así de a comienzo, a lo mejor y luego me acostumbraba a no verte tan peor.

Yo ya había oído de otras cuantas chamacas que se habían casado de la misma manera; que para luego del paso del tiempo, habían terminado siendo felices, con hartas tenencias de tierras y cosas, con techo y cobijo, con su marido al pie de sus mandares y con sus hijos más que bien criados. A mi prima Benita la dieron por menos, nomás tres gallinas con buba les dieron, un costal de mazorcas y dos bules de arroz con gorgojo. «No vamos a poder con tanto chamaco, Petronio. Hasta siento cómo nomás se me secan los cueros de tanto darles y darles y nunca llenarlos». «Las cosas no están saliendo como uno quería, Jesusa. Ora el costal de mazorcas lo están dando a menos del peso, y las aguas de agosto parece que no llegan de aquí hasta el otro año». «Nicandra ya está grandecita. Yo creo que ya habíamos de empezar a pensar en sacarle provecho». «Cipriano me ha dicho que la chamaca no se le hace de mal ver, que bien que cuando pasa y la mira siente como que le llena los ojos… Yo hasta creo que Cipriano no está así de tan peor como uno, Jesusa. De seguro que su guardado lo tiene». «¡Ponle buen precio, Petronio! que nos alcance para por lo menos quitarnos un buen rato de tanta congoja, que por lo menos alcance para ora que crezca la otra chamaca».

Nomás me estoy acordando, Cipriano, nomás me estoy acordando. Yo sé que tú tampoco sabes leer; así que le dije a Ruperto el notario que me ayudara a escribirte esta carta. «Mero como te lo vaya diciendo así mero quiero que tú se lo digas», fue lo que le dije a Ruperto al momento de estarle diciendo. «Y si me faltan palabras para decirle lo que más le había de decir, hazme el favor y díselas tú para ora que venga a pedirte el favor de que le leas la carta». Cuántas veces no me dijiste que si me pasaba del cerco de la puerca orejuda, la maña de un rato para otro se me iba a quitar a punta de puros trancazos: «Vuelves a salirte para fuera y ora te rompo la vara enterita en el lomo», me acuerdo que me dijiste aquella primera vez, y bien que me acuerdo porque el leño de ocote que me rompiste en el lomo me dejó adolorida y sin poder agacharme por más de seis días.

Fregada puerca orejuda, a esa sí la querías más que a ti mismo: «Es el recuerdo de mi otra mujer», decías dándole abrazos y metiéndote al lodo junto con ella, sin ni siquiera importarte llenarte los pies con el lodo y corucos. Tanto querías a esa puerca, que hasta no eras capaz de pensar en matarla para que pudiéramos tragar ora que las cosas se ponían tan peor. «Primero te mueres tú a que se muera mi puerca», decías y repetías cada que te decía que no teníamos qué tragar. «Es el recuerdo de mi otra mujer, la que se ahorcó por no darle de comer así como yo le decía». Cuántas veces a mí también no me dijiste que si no hacía las cosas así como tú me decías, los dientes enteros se me iban a caer; que si no te lavaba bien el jorongo me lo ibas a amarrar en el mero pescuezo hasta que se me asomara la lengua y los ojos se me pusieran vidriosos; que si tantito me quedaba duro el frijol, con ese mismo dolor de muelas que tanto te traías, me ibas a meter la cabeza en el plato hasta que me los tragara enteritos; que si a la puerca no le daba de comer a sus horas y le hablaba así como me habías enseñado con su nombre, Gertrudis, me ibas a meter todo el día con ella y hasta a dejarme ahí a dormir a su lado; que si no me levantaba antes de que empezara a clarear a arreglarte tus cosas, tú m ero me ibas a echar un cubetazo de agua del pozo para levantarme a arreglarte todo a punta de puros azotes. Tú siempre decías que eras un hombre que tenía palabra, que lo que decía lo tenía que cumplir, y siempre cumpliste.

No sé qué fregados me diste, Cipriano, que nomás y ya no podía pensar en correr y regresarme a mi casa para por lo menos hallarme refugio. Mis pies de chamaca se hicieron callosos luego de tantas metidas al lodo. Los ojos nomás terminaron quedándome como rojos con sangre por tanto piquete que me daba esa agua salada que se me salía cada vez que te miraba, y el lomo que traigo ahora parece más el pellejo rasposo de uno de esos lagartos de tierra.

Luego de tanto estarme aguantando, no sé qué me dio que me hizo sentir como que ya era hora de dejarse de estar aguantando; de dejar de estarme sintiendo que no tengo nada ni a nadie más que a ti, y a esa la puerca Gertrudis. Aunque tal vez no me lo llegues a creer, yo también siento que hasta la llegué a querer así como tú la querías; hasta podría decir que ya casi la quería como si fuera una hija.

Y es que desde que terminé por decirte que nomás y nunca te iba a poder parir un chamaco, dejaste de hablarme y tus tratos pos no podría decir que ahora estuvieron de a pior, nomás pos siempre fueron iguales. Se rompió nuestro trato, Cipriano. Hasta aquí se terminan los días de estarse mirando nomás uno al lado del otro. Hasta aquí se terminan los días de estarte esperando hasta las altas horas de la noche; de estar en vela nomás con el pendiente de si volvieras o no. No pensando en que a lo mejor y te fuera a pasar algo malo ya que vinieras de vuelta de ahí por el Llano Maldito, si no pensando nomás de qué modo vinieras, de buenas o malas, borracho o como poseído por el mero demonio.

Hasta aquí llegaron los días de estar encerrada sin mirar más que el zacate bordeando los cerros. Hasta aquí llegaron los días de estar pensando en darle de comer a esa la puerca Gertrudis. Te quiero decir de una vez ya, Cipriano: ora que me volví a dormir luego de que te fuiste, me volví a despertar y fui a mirar a la puerca Gertrudis. Parecía tener algo raro. «A lo mejor ha de estar empachada», pensé. Ahí se miraba nomás echada en el lodo; hasta me parecía que podía oírla como si se estuviera resuelle y resuelle, y luego al mirarla de cerca, nomás le miré los ojos llenos de hormigas y el hocico entreabierto con baba saliéndole. Tú ni cuenta te diste porque te saliste deprisa sin ni siquiera mirarla. Ibas tanto con la ilusión de comprarte otra puerca según tú ora sí para comer, que ni cuenta te diste.

Me encariñé con Gertrudis, Cipriano, me encariñé con la puerca. Al verla tirada en el lodo sentí así nomás como una estrujada en el pecho. Ora que no queda más, te he de decir que hasta llegué a quererla más que a ti mismo, hasta más que a mí misma, Cipriano. Sentí que me había muerto yo también, así me sentí.

Así me salí de la casa y me anduve paseando mientras tú no llegabas, pensando hartas cosas, en qué pasaría. Así que vine a ver a Ruperto el notario, para que me hiciera esta carta; para que te diera razones. Me voy de regreso y ahí te la dejo diciéndote todo lo que te debía de decir. Ahí te la dejo Cipriano, juntito al candil de la mesa para ora que llegues de vuelta. Nomás no te asuste cuando me halles colgada de ahí mismo, de donde se colgó también tu otra mujer.


CARTA A CIPRIANO MORALES | Pseudónimo: Sol del pelo en el lobo, que corresponde a Marco Iván Morales Domínguez del estado de Guerrero.

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